Una columna de opinión reflexiona sobre cómo la tecnología ha impuesto una lógica de consumo instantáneo que nos impide tolerar cualquier proceso que requiera tiempo. El ‘yaísmo’, como se denomina a esta patología cultural, pretende despojar a los hechos humanos de su espesor temporal.
La frase ‘es muy largo’ se ha convertido en la sentencia automática de nuestra época. Ya sea ante una columna de opinión extensa, un documental de una hora o una novela breve, el lector y espectador actual manifiestan lo que puede denominarse como ‘yaísmo’: una incapacidad estructural para comprender y tolerar los procesos.
Esta patología cultural representa el imperio del ‘¡ya, ya, ya!’, una exigencia totalitaria de inmediatez que pretende despojar a los hechos y acciones humanas de su propio espesor temporal. Bajo esta lógica, vivimos con la ilusión de que los resultados pueden desvincularse de las condiciones de posibilidad y del camino que lleva de un punto a otro.
En esta dinámica del consumo instantáneo, el pensamiento se vuelve síntesis apresurada, los audios y videos se reproducen a velocidad alterada (1,5x o 2x), los libros se reducen a resúmenes generados por algoritmos y la vivencia profunda cede su lugar al scroll fugaz de una pantalla.
La tecnología ha comprimido extraordinariamente los tiempos de ciertas tareas: las comunicaciones son instantáneas, los desplazamientos más breves y la obtención de datos, inmediata. Sin embargo, el error trágico ha sido extrapolar la velocidad de los algoritmos a la naturaleza misma de la condición humana. Al comprobar que un dispositivo puede procesar información masiva en fracciones de segundo, también pretendemos que nuestros procesos emocionales e intelectuales obedezcan al mismo ritmo vertiginoso.
La ironía roza el absurdo: siguiendo esta dirección, no parecería tan lejano el día en que la impaciencia nos lleve a reclamar que un niño nazca en el instante de su concepción, olvidando que la gestación exige meses de espera y metamorfosis celular inaccesible a la aceleración artificial. Del mismo modo, estamos a punto de olvidar que la fruta verde, cuando se arranca sin esperar a que madure, es siempre agria y sin sustancia.
El papa Francisco dejó asentado en su exhortación ‘Evangelii gaudium’ que ‘el tiempo es superior al espacio’. Este principio advierte que la obsesión por el espacio nos limita al control inmediato y al resultado estático que congela la realidad. El tiempo, en cambio, es la dimensión que inicia procesos, permite la germinación, el desarrollo y la plenitud de lo humano.
Esta primacía del tiempo hunde sus raíces en la historia de la filosofía. Hegel dejó en claro que la verdad no es un resultado estático que se pueda entregar terminado. Para el autor de la ‘Fenomenología del espíritu’, la verdad es el todo, y el todo incluye el devenir, el conflicto y el despliegue a través del tiempo. La conciencia requiere atravesar el trabajo de lo negativo, la mediación y la paciencia.
Jorge Luis Borges hizo del tiempo la trama insondable de su literatura. ‘El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río…’, escribió en ‘Nueva refutación del tiempo’. Para Borges, el tiempo no es un mero escenario externo donde transcurre la vida, sino el tejido mismo de nuestra identidad. Intentar anularlo o reducirlo a la nada equivale a disolver la propia condición humana.
La trampa principal del yaísmo consiste en hacernos olvidar que las realidades más valiosas de la existencia son, por definición, largas. Un árbol centenario no se erige mediante impulsos digitales ni un conocimiento sólido se improvisa con esquemas simplificados. Del mismo modo, una amistad verdadera, una obra de arte o una vocación jamás pueden nacer del chispazo de un clic, sino de procesos sostenidos.
Por eso los recorridos en el tiempo no admiten atajos. Exigen el desgaste de la marcha y la contemplación de un horizonte que solo revela su verdad a quien no lleva prisa y está dispuesto a recorrer cada tramo, paso a paso.
Cuando vuelva a surgir la tentación de pronunciar el veredicto despectivo ‘es muy largo’, valdrá la pena detenerse a pensar. Quizás lo que esa frase delata no sea un exceso de extensión en un texto, sino la fragilidad de nuestra propia capacidad de atención y escucha. Volver a mirar la vida como un proceso no es un gesto de nostalgia, sino un acto de resistencia cultural civilizatorio. Porque sin tiempo no hay memoria, no hay historia ni hay sentido.































