El Parque Industrial de Viedma, creado en los años 70 sobre la Ruta Provincial 1, enfrenta cuestionamientos por su ubicación. El crecimiento de la ciudad, el aumento del tránsito pesado y su emplazamiento en un corredor turístico reabrieron el debate sobre si es necesario relocalizarlo o redefinir su función.
El Parque Industrial de Viedma, ubicado sobre la Ruta Provincial 1 hacia la costa atlántica rionegrina, volvió al centro del debate público. La discusión combina planificación urbana, desarrollo productivo y seguridad vial en un contexto muy diferente al de su creación, durante la década del 70.
Concebido en sus orígenes como una pieza clave del desarrollo impulsado por el Instituto de Desarrollo del Valle Inferior, el predio albergó emprendimientos emblemáticos. Uno de los más representativos fue la planta procesadora de tomate, conocida como ‘La tomatera’, un proyecto estatal que incluyó galpones, maquinaria y equipamiento para industrializar la producción del Valle Inferior. La iniciativa acompañó a productores que implantaron más de mil hectáreas bajo riego, mediante créditos para insumos, y generó un movimiento económico que atrajo mano de obra extranjera y posibilitó la exportación de tomate envasado. Aunque la actividad cesó hace décadas, la estructura de la planta permanece como testimonio de aquella época.
Otro hito fue la radicación de la textil Lahusen en los años 70, una de las industrias más importantes del parque. Su cierre a comienzos de los 90, durante el menemismo y en el marco de los cambios económicos de esa década, marcó para muchos el inicio de un proceso de transformación del perfil productivo del predio.
Ese cambio se refleja en la actualidad, donde gran parte de las instalaciones se destinan a actividades logísticas, depósitos o servicios. Empresas vinculadas al transporte de encomiendas, corralones de materiales y firmas asociadas a la comercialización y movimiento de vehículos operan en el lugar, generando un flujo constante de camiones de gran porte. Este tránsito pesado impacta directamente sobre una ruta que, simultáneamente, se consolida como corredor turístico hacia el balneario El Cóndor y el Camino de la Costa.
La situación se complejiza con el crecimiento de barrios residenciales en las inmediaciones y con limitaciones estructurales como la rotonda Cooperación o el paso por el puente ferroviario -el llamado ‘puente seco’-, que presentan dificultades para unidades de gran tamaño. A esto se suma la falta de infraestructura adecuada dentro del parque, una deuda persistente a pesar de iniciativas como la ampliación de tierras concretada en los últimos años y su inclusión en programas nacionales de fortalecimiento de parques industriales.
En este escenario, las obras previstas sobre la Ruta Provincial 51, que vincula ese sector de la rotonda con el aeropuerto, abren una oportunidad para repensar la accesibilidad. La posibilidad de derivar el tránsito pesado por esa vía y liberar la ruta 1 para circulación liviana aparece como una alternativa en línea con su perfil turístico.
Al mismo tiempo, el debate se amplía hacia otras opciones, como la relocalización de actividades o el desarrollo de nuevos espacios productivos vinculados a la Ruta Nacional 3. Sin definiciones concretas, el interrogante vuelve a instalarse: si el parque industrial, tal como fue concebido hace más de cuatro décadas, continúa respondiendo a las necesidades actuales de Viedma o si es momento de redefinir su rol dentro de una ciudad que ya cambió.



























